Mujer adulta sentada en un balcón mediterráneo iluminado por el sol, con prendas claras, un café, un libro y unas gafas sobre la mesa.

Cuestión de Estilo

En agosto ya sabemos lo que nos gusta

Agosto llega con una certeza: ya sabemos qué prendas, planes y rituales se parecen de verdad a nuestra forma de vivir el verano.

Al principio del verano hacemos planes incluso con la ropa. Imaginamos días largos, maletas perfectamente pensadas, cenas al aire libre y una versión especialmente organizada de nosotras mismas. Una que sabe exactamente qué ponerse, que nunca olvida nada y que consigue que cada conjunto parezca tan espontáneo como bien resuelto.

Después llega agosto y pone las cosas en su sitio.

Para entonces ya sabemos qué vestido no ha vuelto a entrar en el armario, qué sandalias han recorrido muchos más kilómetros de los previstos y qué prendas, pese a no ocupar el lugar más llamativo de la percha, han terminado resolviendo buena parte del verano. También hemos descubierto qué planes nos apetece repetir, cuáles tenían más encanto sobre el papel y qué días preferimos dejar abiertos, sin decidir demasiado pronto cómo deberían terminar.

Hay algo revelador en observar lo que elegimos una y otra vez. No siempre repetimos la prenda más especial ni la que imaginábamos como protagonista de la temporada. Repetimos la que nos acompaña bien, la que funciona sin demasiadas explicaciones y la que nos permite sentirnos cómodas sin renunciar a vernos como queremos vernos.

Quizá por eso algunas prendas apenas llegan a guardarse. Pasan del tendedero a la silla, de la silla al cuerpo y, con un poco de suerte, vuelven al armario durante unas horas. No es falta de imaginación. A veces, repetir es simplemente haber encontrado algo que encaja.

En agosto también empiezan a reconocerse ciertos rituales. La ducha al final de la tarde. El pelo todavía húmedo. Abrir el armario sin demasiada prisa. Volver a elegir esa prenda que ya sabemos cómo nos hace sentir. Guardar algo ligero por si la noche se alarga y salir con un bolso que, a estas alturas, contiene prácticamente una pequeña biografía del verano.

Y mientras algunas costumbres se afianzan, también dejamos de controlar otras cosas. El pelo cambia después del mar, las prendas se arrugan durante los viajes, las sandalias acumulan arena y no todas las fotografías se parecen a la imagen que habíamos previsto. A veces el bolso está abierto, alguien aparece moviéndose o el conjunto que mejor funcionó fue precisamente el que se decidió en cinco minutos.

Tal vez sea entonces cuando el verano empieza a parecerse más a nosotras. Cuando deja de ser una colección de planes perfectos y se convierte en una sucesión de elecciones pequeñas, espontáneas y bastante sinceras.

Agosto no llega para decirnos que el verano se termina. Llega para mostrarnos qué parte de él queremos conservar. Después de varias semanas de calor, cambios de planes, días distintos y prendas repetidas, resulta más fácil reconocer lo que nos gusta, lo que nos representa y lo que ya no necesitamos seguir intentando.

Quizá agosto no cambie nuestro estilo. Quizá solo elimine algo de ruido.

Y entonces, casi sin darnos cuenta, la luz empieza a caer de otra manera. Sigue siendo verano, todavía quedan días largos y muchos planes por improvisar, pero algo se vuelve más suave. No es todavía una invitación a pensar en otra estación. Es solo la luz recordándonos que, después de vivir el verano durante unas semanas, ya no necesitamos imaginarlo. Ya sabemos qué queremos guardar de él.

Quizá eso sea lo que agosto termina por enseñarnos: que el estilo no siempre aparece cuando buscamos algo nuevo, sino cuando reconocemos lo que volvemos a elegir, lo que nos acompaña bien y lo que se parece de verdad a nuestra forma de vivir.

Y esa claridad, también, es Cuestión de Estilo.

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