Una vida, una mirada.

Una vida, una mirada.

Antes de tener boutique, antes incluso de imaginar que algún día existiría Marta Folch BCN, yo ya veía el vestir como un lenguaje.

Creo que esa mirada empezó de una forma muy sencilla, casi doméstica. Desde muy pequeña entendía a los demás, en parte, por cómo vestían. Me resultaba fácil —e incluso divertido— imaginar qué podía transmitir alguien observando cómo se arreglaba, cómo combinaba, cómo se movía con una prenda o incluso cómo se desarreglaba. Era un juego silencioso que ocurría dentro de mi cabeza, en un lugar seguro, mientras miraba el mundo.

Muy pronto entendí que la imagen personal podía transmitir fuerza, credibilidad, seguridad y carácter. Había mujeres que parecían tener un control natural de su presencia: no porque fueran perfectas, sino porque sabían elegir. Sabían combinar. Sabían calibrar. Mujeres que entraban en un espacio y, sin decir demasiado, se convertían en inspiración. También aprendí que, cuando la ropa no acompaña (o parece desconectada de la persona) algo en su imagen se debilita. No lo veía como un juicio, sino como un lenguaje: una forma de leer gestos, intenciones, energía y actitud.

En mi entorno familiar predominaban las mujeres con estilo. Mi madre, mi tía, mi abuela. Cada una a su manera, me enseñó que vestirse no era un acto superficial, sino una forma de estar. Había una cultura del cuidado, de la elección, del detalle. No se trataba de disfrazarse ni de impresionar, sino de presentarse al mundo con cierta conciencia de una misma.

Marta Folch de niña en una imagen de archivo familiar
Marta Folch · archivo familiar.

Pero una cosa es saber vestirse y otra muy distinta es entrar de verdad en la moda.

La moda, cuando te atrapa, no se queda en la superficie. Te llena los sentidos. Es lenguaje, sí, pero también es textura, proporción, gestualidad y deseo. Te sitúa en una época, en un momento cinematográfico, con música, entorno, cuerpo e historia. Es una dimensión en la que se puede entrar, pero de la que ya no se sale del todo. Una vez empiezas a mirar el mundo con esos lentes, las personas, las calles, las ciudades y los recuerdos cambian de forma. La moda lo toca todo, incluso aquello que aparentemente no tiene nada que ver con ella.

Dicen que esos lentes se suelen construir temprano. En mi caso me cuesta decir a qué edad, porque siento que fue poco a poco, como si se instalara en la piel, en la memoria, en la forma de percibir. Pero sí recuerdo mi primera sensación de verdadera fascinación.

Fue una tarde de sábado, cuando yo tenía seis o siete años. El salón familiar en casa de mis abuelos se convirtió, sin que nadie lo supiera, en mi primera escuela de moda. Mientras los adultos leían el periódico, descansaban después de comer o conversaban, empecé a explorar las revistas que vivían en la bandeja inferior de la mesa de centro. Pasaba páginas y me detenía en los vestidos, en las siluetas, en los desfiles, en la manera en que una mujer podía cambiar por completo según cómo llevaba una prenda.

A partir de entonces, las revistas se convirtieron para mí en fabulosas ventanas a un mundo que no paraba de sorprenderme. Vinieron más sábados en casa de mis abuelos, y yo esperaba con ilusión la hora del café. Confieso que con el café solía haber chocolate y galletas, así que algo tuvieron que ver con el deleite de aquella franja horaria. Pero lo más interesante estaba en las páginas de las mejores revistas de moda del momento. Mi abuela se sentaba conmigo y comentábamos aquello como si estuviéramos descifrando algo importante. No era una clase. Nadie me decía “esto es moda” o “esto es estilo”. Pero al pasar aquellas páginas, algo se quedó en mí para siempre.

Muchas de esas imágenes quedaron grabadas en mi memoria. Pasarelas de los ochenta que, vistas hoy, podrían parecer sorprendentemente actuales. Mujeres con siluetas arquitectónicas y, al mismo tiempo, perfectamente equilibradas. Recuerdo preguntarme por qué aquello no se veía más en la calle.

También recuerdo el impacto de ciertos abrigos. Los abrigos son quizá mis prendas favoritas, y en esa época podían ser espectaculares: largos, bordados, casi cinematográficos. Hubo uno de Kenzo, de aire tapiz y cuello afgano, que me quedó grabado y que después lo reconocí en una película de James Bond. Sin ese abrigo la película no hubiera sido la misma. Aquello confirmó algo que yo ya intuía: cuando la moda entra en movimiento, cuando pasa al cine o a la vida real, deja de ser imagen fija y se convierte en personaje.

Así descubrí la relación profunda entre cine y moda.

Hay momentos en los que la ropa de un personaje teje más de la mitad de su personalidad. No es decoración. Es un relato. Cuando vi que aquello que aparecía en las revistas podía adquirir vida y movimiento en el cine, empecé a imaginar los desfiles trasladados a escenas cotidianas. Me fijaba en cómo caminaba una mujer, en cómo caía un abrigo, en cómo un giro podía crear un volumen inesperado. Incluso recuerdo a mi madre con un abrigo moteado en negro y azul que, al girarse deprisa, creaba justo "ese" movimiento. Yo no lo veía solo como un abrigo. Era una escena, una actitud.

Con el tiempo entendí que aquellos gestos aparentemente pequeños —una revista abierta, una tela elegida con cuidado, un ritual antes de salir, una compra pensada con intención— formaron mi manera de mirar. En mi casa, vestirse tenía que ver con cuidado, carácter, gusto, memoria y sensibilidad. Había una cultura de la imagen que no era superficial: era una forma de educación.

Por eso, para mí, la moda nunca ha sido mera superficie.

Me interesa mucho más lo que ocurre alrededor de una prenda: cómo una mujer se prepara para salir, cómo cambia su postura cuando algo le sienta bien, cómo un color puede modificar la energía de un día, cómo una elección aparentemente pequeña puede devolver seguridad. Me interesa ese instante en el que una mujer se mira al espejo y no solo piensa “me queda bien”, sino “esto tiene que ver conmigo”.

Y todavía más cuando veo a una mujer mirarse al espejo y bailar.

Sí, bailar.

Es algo que tengo la dicha de vivir con frecuencia en la tienda. Una mujer se prueba algo, se reconoce de otra manera, encuentra un balance, una actitud, una versión de sí misma que quizá ya estaba ahí, pero que necesitaba una prenda para aparecer. Entonces sonríe, se mueve, gira un poco, se ríe. No puede quedarse quieta. Tiene que expresarlo con el cuerpo. Eso es más frecuente en las niñas, porque todavía no tienen todas esas barreras mentales que construimos al crecer. Por eso me parece tan hermoso cuando una mujer adulta recupera esa ilusión. Esa alegría sencilla de sentirse bien. Esa emoción de verse y reconocerse. Y eso es posible cuando la moda está bien entendida y bien acompañada.

Esa idea me lleva directa e irremediablemente a la danza.

Durante años, el ballet y la escena formaron parte de mi vida y me enseñaron a mirar el cuerpo desde otro lugar. La disciplina, la proporción, el movimiento, la postura, la respiración. En el escenario aprendes que nada es indiferente. Una espalda más colocada, una mirada, un gesto, una forma de entrar o salir de un espacio cambian por completo lo que transmites.

Marta Folch durante su etapa de ballet, en una imagen de archivo personal
Marta Folch · archivo familiar.

La elección del vestuario y las pruebas eran algo muy serio, porque debían ayudar a transmitir el mensaje. Coreografía, música, escenografía y vestuario formaban parte de una misma idea. Todo construía un mundo. Todo ayudaba a crear una emoción. El cuerpo siempre habla, incluso cuando está en silencio.

Años después, en el día a día de la tienda, he reconocido muchas veces esa misma verdad. Una clienta entra buscando un vestido, una chaqueta, una blusa, un algo para un viaje, una cena, una reunión o simplemente para sentirse mejor en un momento determinado. Y a veces, cuando encuentra la prenda adecuada, no cambia solo la imagen. Cambia la manera de estar. Se endereza un poco, sonríe de otra forma, se mueve con más seguridad.

Ese momento me sigue emocionando, porque confirma algo que yo sentí muy pronto: la ropa puede acompañar mucho más de lo que parece.

Los años noventa fueron importantes para terminar de calibrar mi sentido de la estética y mi amor por el diseño y la moda. Y quizá una de las experiencias más determinantes fue Barcelona’92.

Las Olimpiadas de Barcelona, en mi recuerdo, fueron mucho más que un hito deportivo. Las ceremonias de inauguración y clausura mostraron hasta qué punto una celebración colectiva podía emocionar a través del cuerpo, la música, la imagen y el vestuario.

Marta Folch durante Barcelona 92 en una imagen de archivo personal
Marta Folch en Barcelona’92.

Para mí, formar parte de aquel momento significó vivir desde dentro el poder de una prenda pensada para acompañar el movimiento y transformar la presencia.

Cruzar el estadio con la bandera olímpica, al ritmo del Himno de la Alegría de Beethoven, vestida con una propuesta absolutamente innovadora que acompañaba la figura y el movimiento creada por Toni Miró para la ocasión, me dejó una certeza que todavía hoy reconozco cuando una mujer se prueba algo y cambia su manera de estar: una prenda bien pensada no solo viste; puede dar fuerza, movimiento, autoridad y una forma más propia de ocupar el mundo.

No lo pienso desde la nostalgia. Lo pienso desde mi trabajo de hoy.

Porque cuando una prenda está bien elegida, cuando respeta el cuerpo, acompaña el gesto y permite moverse con naturalidad, deja de ser un objeto aislado. Se convierte en una herramienta de presencia. Y eso, para mí, es una de las partes más bonitas de la moda.

Antes de abrir Marta Folch BCN, mi camino pasó por muchos lugares que, vistos con perspectiva, también formaban parte de la misma historia.

Estudié Relaciones Públicas y Comunicación porque siempre me interesó cómo se construye un mensaje, cómo se presenta una idea, cómo se cuida una experiencia y cómo se conecta con las personas. Trabajé en comunicación institucional, eventos, protocolo, medios, proyectos culturales, marcas y entornos donde había que leer muy bien el contexto: entender qué se quería transmitir, a quién, con qué tono, con qué imagen y con qué emoción.

Durante mi etapa profesional en Barcelona y, más tarde, en Panamá, esa mirada se amplió muchísimo.

Panamá fue para mí una etapa intensa, vital y creativa. Allí mi mirada tomó cuerpo en proyectos donde comunicación, cultura e imagen pública se encontraban y se potenciaban entre sí. Desde Márquez Worldwide trabajé para la Autoridad de Turismo de Panamá en campañas vinculadas a la identidad del país y a su proyección turística, como Las 10 Maravillas de Panamá, una iniciativa que invitó a mirar el territorio, sus paisajes y su patrimonio con nuevos ojos. También aparecí en entrevistas y contenidos sobre estilo, protocolo e imagen personal en , bajo el nombre de Marta Folch de Palma, en el diario histórico conocido como La Decana de la Prensa Istmeña.

Cuando el estilo ya era oficio.

Marta Folch junto a Mairel Bermudez
Marta Folch junto a Mairel Bermúdez durante la promoción de Historia del Istmo en Radio Mix Panamá, un proyecto cultural dedicado a la identidad, el folclore y las tradiciones panameñas.
Fotografía de entrevista de la periodista Annette Hinostroza para Revista SIETE de editorial EPASA. Publicada el 29 de junio de 2007
Entrevista de la periodista Annette Hinostroza para Revista SIETE de editorial EPASA. Publicada el 29 de junio de 2007.
Marta Folch como miembro del jurado en el certamen Miss Panamá
Marta Folch de Palma, consultora de imagen y experta en estilo, como jurado invitada en una gala de vestuario de Miss Panamá 2011, donde se valoraban las propuestas de diseñadores presentadas por las candidatas.

Proyectos como Historia del Istmo, un musical que ponía en escena parte de la memoria cultural e histórica del país, me confirmaron algo que después reconocería muchas veces en la tienda: una imagen nunca está sola. La obra se presentó en espacios tan relevantes como el Teatro Balboa y el Canal de Panamá, dentro de un festival organizado por la Autoridad del Canal de Panamá (ACP). En el espectáculo, como en la vida, siempre hay una escena, una intención, una emoción y una forma concreta de conectar con los demás. Lo mismo ocurre con una prenda, con un armario o con una mujer cuando elige cómo quiere presentarse al mundo.

Marta Folch junto al diseñador mexicano Angel Grave durante su etapa profesional en Panamá
Marta Folch junto al diseñador mexicano Angel Grave.

Cuando regresé a Barcelona, volví con una mirada distinta. Era mi ciudad, pero yo ya no era exactamente la misma. Traía conmigo años de comunicación, de cultura visual, de proyectos, de viajes, de conversaciones, de escenarios, de grandes mujeres, de marcas, de diseñadores, de medios, de experiencias donde la estética y el mensaje siempre estaban relacionados.

Marta Folch BCN nació de ahí.

Interior de la tienda Marta Folch BCN en Les Corts, Barcelona
Marta Folch BCN · Les Corts, Barcelona.

No nació solo de querer vender ropa. Nació de una vida entera mirando, comunicando, seleccionando, observando cuerpos, gestos, escenarios, mujeres, marcas, culturas y formas de presencia. Nació de la necesidad de crear un lugar donde todo eso pudiera convertirse en experiencia real.

Una boutique, sí. Pero no una boutique entendida como un simple espacio donde se acumulan prendas bonitas. Para mí, una tienda debe tener alma, criterio y conversación. Debe saber escuchar. Debe saber elegir. Debe saber decir que no. Debe entender que cada mujer llega con una historia, con un cuerpo, con una rutina, con una edad, con un momento vital, con una forma concreta de querer sentirse.

Curar moda, para mí, no es llenar percheros. Es seleccionar con intención.

Es preguntarme qué aporta una prenda, qué vida puede tener, a qué mujer puede acompañar, si tiene verdad, si tiene calidad, si encaja con nuestra manera de entender el estilo. Es pensar en la clienta antes que en la tendencia. Es mirar una chaqueta y no verla solo como una chaqueta, sino imaginar si puede resolver una mañana de trabajo, una maleta de viaje, una cena improvisada, un día en el que alguien necesita sentirse más segura o más ella.

También es acompañar sin imponer. Esa parte me importa muchísimo.

No creo en decirle a una mujer cómo debe vestirse. Creo en ayudarla a reconocerse. A veces una clienta llega con una idea muy clara. Otras veces llega cansada, confundida, sin ganas de probarse nada, o con la sensación de que ya no sabe qué le sienta bien. Y entonces la tienda se convierte en algo más que una tienda. Se convierte en conversación. En escucha. En prueba. En espejo amable. En una manera de volver a encontrarse.

Eso es lo que más amo de lo que hago.

Amo elegir producto, descubrir marcas, construir combinaciones, preparar una temporada, imaginar cómo una prenda puede entrar en la vida de alguien. Pero, sobre todo, amo el momento en que todo eso deja de ser selección y se convierte en relación. Cuando una mujer encuentra algo que la acompaña de verdad. Cuando se va más segura. Cuando vuelve porque sabe que aquí no se trata solo de comprar, sino de sentirse mirada con respeto.

Marta Folch BCN es, para mí, la consecuencia natural de todo lo que he vivido: la niña que miraba revistas con curiosidad, la disciplina de la danza, la emoción de una ceremonia inmensa, los años de comunicación, la intensidad cultural de Panamá, el regreso a Barcelona, la experiencia de aprender a leer personas, momentos y contextos.

Todo eso está en la tienda, aunque no siempre se vea a primera vista.

Está en la selección de una prenda. En la forma de colocar un escaparate. En una conversación con una clienta. En la elección de una marca. En una combinación inesperada. En la decisión de no seguir una tendencia si no tiene sentido para nosotras. En la búsqueda de una elegancia natural, cercana, real.

Y Cuestión de Estilo nace de ese mismo lugar.

No nace de cero. Recupera una inquietud que me acompaña desde hace años: hablar de moda, de vestir y de imagen personal como algo que tiene que ver con la actitud, la intención y la forma de estar. Siempre he pensado que todo es cuestión de actitud, y que calibrar el resultado es cuestión de estilo.

Marta Folch, editora de Cuestión de Estilo en Marta Folch BCN
Marta Folch, en su tienda de Les Corts, Barcelona. Una mirada construida desde la experiencia, el criterio y la cercanía. 2026

Hoy, en la web de Marta Folch BCN, ese recorrido encuentra una nueva forma. Cuestión de Estilo nace de las ganas de compartir esta mirada con más calma. De hablar de moda sin prisa y sin fórmulas vacías. De contar por qué una prenda funciona, cómo se construye un armario, qué significa vestirse con intención y cómo cambia la percepción de una misma cuando algo acompaña de verdad.

Nace de la idea de que el estilo no se impone: se descubre, se educa, se conversa y se vive.

Quizá por eso, después de tantos años, sigo sintiendo que mi trabajo no consiste solo en vender ropa. Consiste en mirar. En escuchar. En seleccionar. En acompañar. En ayudar a que cada mujer encuentre una forma más propia de ocupar su lugar.

Porque para mí la moda nunca ha sido solo moda.

Ha sido memoria, cuerpo, comunicación, cultura, oficio y emoción.

Ha sido una manera de entender y acompañar a las mujeres.

Y, sobre todo, ha sido una forma de estar en el mundo.

A ti, gracias por estar aquí.

Espero que lo disfrutes.