Mujer sentada en una terraza urbana con una agenda abierta y un café a finales de verano

Cuestión de Estilo

Septiembre: antes de que cambie la estación

Septiembre empieza antes de que llegue el otoño. Sigue el calor y el armario es prácticamente el mismo, aún así todo parece distinto. Es tiempo de mirar de otra manera lo que ya tenemos.

Todavía es verano. Pero la ciudad, la luz y la agenda nos hacen mirar el armario de otra manera.

Hay un momento, entre finales de agosto y primeros de septiembre, en el que sigue haciendo calor, las tardes continúan siendo largas y el efecto de las vacaciones aún es visible en mucha gente. El verano no ha terminado, pero su ritmo sí.

La ciudad empieza poco a poco a recuperar su rutina y nosotras también. Los mensajes vuelven a pedir fecha y hora. Los planes empiezan a necesitar un poco más de organización. La agenda, que llevaba unas semanas comportándose con bastante discreción, empieza otra vez a tener opiniones y nosotras a hacer peripecias para no coparla.

Llegan los reencuentros, los nuevos comienzos, las presentaciones profesionales, las cenas en la ciudad, reuniones, comidas o simplemente días que vuelven a tener algo más de estructura en un entorno rítmico y urbano.

El armario puede ser el mismo. Nosotras ya no tanto.

Venimos de varias semanas en las que hemos podido vivir perfectamente con muy pocas decisiones. Repitiendo las prendas que funcionan, simplificando combinaciones y aceptando con bastante alegría que vestirse sea casi automático. Es parte del verano. De hecho, hay algo agradable en dejar de pensar tanto. Sin embargo, llega un día en el que ese mismo automatismo empieza a cansarnos un poco. No porque las prendas hayan dejado de servir ni porque el calendario nos obligue a cambiarlo todo. Simplemente porque volvemos a tener ganas de elegir.

La luz cambia, especialmente la de la mañana. Eso nos despierta una nueva visión de lo que nos viene por delante. Aún no ha llegado la nueva estación, pero nuestra mente ya la percibe en el horizonte. Abrimos el armario y lo miramos con una atención que hacía semanas que no le habíamos dedicado. Y lo curioso es que lo conocido empieza a parecernos distinto. Una prenda que hace quince días descartamos sin pensarlo ahora vuelve a entrar en la conversación.

En septiembre dejamos de vestir únicamente pensando en el calor para empezar a pensar también en recuperar nuestra mejor versión. El armario no ha cambiado. Han cambiado las preguntas que le hacemos. Vamos del «¿Con qué voy a estar más cómoda hoy?» a preguntarnos: «¿Me veo bien así?»

La comodidad extrema quiere avanzar hacia una nueva comodidad, más elegante y para lograrlo, tan solo basta con volver a mirar.

Volver a elegir no significa adelantarse a la estación

Septiembre tiene cierta tendencia a adelantarse a sí mismo. Cambia el momento, sí, pero en la calle la temperatura nos recuerda que seguimos en verano y eso parece no terminar de encajar.

El problema es que el calendario y el cuerpo no siempre avanzan a la misma velocidad. Primero cambia el contexto, luego cambia tu mirada y —bastante más tarde— cambia realmente el tiempo.

Ahí está probablemente una de las cosas más interesantes de septiembre: durante unas semanas conviven dos estados. Seguimos dentro del verano y, sin embargo, nosotras empezamos a movernos de otra manera. No es todavía un final ni hace falta convertirlo en un nuevo comienzo. Es más bien un pequeño desplazamiento.

Hay días en los que volvemos a querer decidir

Vestirse también tiene mucho que ver con lo que esperamos del día.

Durante las vacaciones agradecemos reducir decisiones. Pero cuando vuelven los lugares, los horarios y los planes en la ciudad, vuelve también el placer de pensar un poco más en lo que llevamos puesto. No mucho, lo suficiente.

No se trata de producir un look para cada ocasión ni de convertir cada mañana en un ejercicio de estilo. Se trata más bien de recuperar esa sensación de participar otra vez en nuestra forma de vestirnos. Seguimos utilizando muchas de las mismas cosas, pero ya no necesariamente igual.

Algo se añade, algo se quita o simplemente cambia la manera de combinarlo. Una silueta que en pleno agosto nos parecía un poco demasiado ahora vuelve a apetecer. Esa combinación que habíamos dejado aparcada de repente encuentra su momento.

Y también vuelve la curiosidad. Por probar ese nuevo formato o por recuperar algo que llevábamos tiempo sin mirar, pero sin necesidad de convertir septiembre en otoño antes de tiempo.

Antes de que llegue la estación

Este momento tiene algo de reinicio. Incluso puede que algo haya cambiado durante el verano para quedarse y arranquemos esta etapa con otro enfoque, con un lenguaje visual algo distinto y, quizá, más nuestro que antes.

Y a veces tan solo basta con volver a mirar con esos nuevos ojos para descubrir que nuestro cambio interior nos hace observar de otra forma el entorno. Entonces, con esa nueva mirada observamos la ciudad: la calle recupera poco a poco su ritmo, la luz cambia y mucho. El estilo comienza a reclamar su lugar en las calles, en las oficinas, en los restaurantes. La agenda vuelve a hacerse notar y nuestra manera de vestir se mueve con todo ello antes de que podamos decir que ha llegado realmente otra estación.

Es cierto, aún no ha llegado la nueva estación. Septiembre todavía tiene verano, días largos y bastante calor por delante. Pero también tiene un rumbo claro. Es innegable, cada día se aproxima más a la nueva estación. Y lo que más me gusta es que al hacerlo, septiembre también pone rumbo a nuestro propósito. Volver a intervenir un poco más en lo que define nuestra vida. Vestirnos es parte de ello, todos los días. Llega el momento de volver a combinar. De volver a tomar decisiones sobre nuestro aspecto, sobre nuestro estilo.

Y quizá sea eso lo que realmente empieza en septiembre: las ganas de volver a elegir. Ahora bien, saber elegir a tu favor será, como tantas cosas importantes, cuestión de estilo.

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